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Esta é a vida eterna: que te conheçam, o único Helohim verdadeiro, e a Yeshua o Messias, a quem enviaste. JOÃO 17:3
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LA VERDAD SOBRE EL INFIERNO

LA VERDAD SOBRE EL INFIERNO

Muchas personas creen que el infierno es un lugar donde todas las personas malas que mueren van y son atormentadas y quemadas por la eternidad, pero ¿que dice la biblia al respecto? aqui les dejamos algunos textos biblicos que aclaran que es el infierno en realidad.

La paga del pecado es la muerte, no un castigo por la eternidad. Está en la Biblia, Romanos 6:23, “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Los impíos serán destruidos. Está en la Biblia, Salmo 37:20, “Mas los impíos perecerán, y los enemigos de Jehová como la grasa de los carneros serán consumidos; se disiparán como el humo”

Los impíos serán quemados y nada quedará de ellos. Está en la Biblia, Malaquías 4:1, “Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama”.

Cuando Cristo habló de castigo eterno, no quiso decir castigar eternamente. Está en la Biblia, Mateo 25:46, “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”.

Sodoma y Gomorra sufrieron del fuego eterno pero no están quemándose aún. Está en la Biblia, Judas 7, “Como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno”.

El fuego será inextinguible, pero cuando no haya quedado nada más para quemar se apagará. Está en la Biblia, Mateo 3:12, “Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará”. Jeremías 17:27, “Pero si no me oyereis para santificar el día de reposo, y para no traer carga ni meterla por las puertas de Jerusalén en día de reposo, yo haré descender fuego en sus puertas, y consumirá los palacios de Jerusalén, y no se apagará”.

La tierra será purificada por el fuego. Está en la Biblia, II Pedro 3:10, “Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas”.

¿Quién será destruido en el lago de fuego? Está en la Biblia, Apocalipsis 20:15, “Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego”.

El infierno es un evento, no es un lugar. Está en la Biblia, Apocalipsis 20:9, “Y subieron sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada; y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió”.

La muerte como castigo del pecado. La aniquilación final de los pecadores impenitentes se indica, primero de todo, por el principio bíblico fundamental de que el castigo final del pecado es la muerte. “El que peque, ése morirá” (Ezequiel 18:4, 20). “Porque la paga del pecado es la muerte” (Romanos 6:23). El castigo del pecado, por supuesto, abarca no sólo la primera muerte, que todos experimentan como un resultado del pecado de Adán, sino también lo que la Biblia llama la segunda muerte (Apocalipsis 20:14; 21:8), que es la muerte final, irreversible, experimentada por los pecadores impenitentes. Esto significa que la paga final del pecado no es el tormento eterno, sino la muerte permanente.
La Biblia enseña que la muerte es la cesación de la vida. Si no fuera por la certeza de la resurrección, la muerte que experimentamos sería la terminación de nuestra existencia (1 Corintios 15:17, 18). Es la resurrección lo que hace que la muerte, en vez de ser el fin definitivo de la vida, se convierta en un sueño temporario. Pero no hay resurrección a partir de la muerte segunda, porque aquellos que la experimentan son consumidos en “el lago de fuego” (Apocalipsis 20:14). Esa será la aniquilación final.
El vocabulario bíblico sobre la destrucción de los impíos. La segunda razón apremiante para creer en la aniquilación de los perdidos en ocasión del juicio final es el amplio vocabulario de destrucción usado en la Biblia para describir el fin de los impíos. Antiguo Testamento usa más de 25 sustantivos y verbos para describir la destrucción final de los impíos.6
Varios salmos, por ejemplo, describen la destrucción de los impíos con imágenes dramáticas (Salmos 1:3-6; 2:9-12; 11:1-7; 34:8-22; 58:6-10; 69:22-28; 145:17, 20). En el Salmo 37, por ejemplo, leemos que los malvados “como hierba serán pronto cortados” (vers. 2); “serán exterminados”, “el malo no existirá más” (vers. 9-10); los impíos “se disiparán como humo” (vers. 20), “serán exterminados juntos” (vers. 38). El Salmo 1 contrasta el camino de los justos con el de los malos. Del último se dice que “no se levantarán los malos en el juicio” (vers. 5), que son “como la paja que arrebata el viento” (vers. 4); y que “la senda de los malos perecerá” (vers. 6). En el Salmo 145, David afirma que el Señor “guarda a todos los que lo aman, pero destruirá a todos los impíos” (vers. 20). Esta muestra de referencias bíblicas sobre la destrucción final de los impíos armoniza completamente con la enseñanza del resto de las Escrituras.
Los profetas frecuentemente anuncian la destrucción final de los impíos en conjunción con el día escatológico del Señor. Isaías proclama que “los rebeldes y pecadores serán destruidos juntos. Y los que dejan al Eterno serán consumidos” (cap. 1:28). Se encuentran descripciones similares en Sofonías (1:15, 17-18) y en Oseas (13:3).
La última página del Antiguo Testamento hace una descripción contrastante entre el destino de los creyentes y el de los incrédulos. Sobre aquellos que temen al Señor, “nacerá el Sol de Justicia, y en sus alas traerá sanidad” (Malaquías 4:2). Pero a los incrédulos y soberbios, el día del Señor “los abrasará, y no quedará de ellos ni raíz ni rama” (Malaquías 4:1).

El Nuevo Testamento sigue fielmente al Antiguo en la descripción del fin de los impíos, con palabras e imágenes que denotan total aniquilación. Jesús comparó la completa destrucción de los malos con cosas tales como la cizaña que es atada en manojos para ser quemada (Mateo 13:30, 40); los peces malos que son tirados (Mateo 13:48); las plantas dañinas que son desarraigadas (Mateo 15:13); los árboles infructíferos que son cortados (Lucas 13:7); las ramas que se desechan para ser quemadas (Juan 15:6); los labradores infieles que son destruidos (Lucas 20:16); el siervo malo que será castigado (Mateo 24:51); los antediluvianos que fueron destruidos por el diluvio (Lucas 17:27); los habitantes de Sodoma y Gomorra que fueron destruidos por el fuego (Lucas 17:29); y los siervos rebeldes que fueron degollados al regreso de su amo (Lucas 19:14, 27).
Todas estas ilustraciones describen gráficamente la destrucción final de los impíos. El contraste entre el destino de los salvados y el de los perdidos es el de la vida en contraste con la destrucción.
Aquellos que apelan a las referencias de Cristo al infierno o al fuego eterno (gehenna, Mateo 5:22, 29-30; 18:8-9; 23:15, 33; Marcos 9:43-44, 46-48) para apoyar su creencia en el tormento eterno, fallan en reconocer un punto importante. “El fuego en sí es calificado como ‘eterno’ y ‘que no se apaga’, pero sería muy raro si lo que es arrojado en él resultara indestructible. Nuestra expectativa sería precisamente lo opuesto: que sería consumido para siempre, no atormentado para siempre. De ahí que es el humo (evidencia de que el fuego ha hecho su obra) lo que ‘sube para siempre jamás’ (Apocalipsis 14:11; ver cap. 19:3).7 La referencia de Cristo a la gehenna no indica que el infierno es un lugar de tormento sin fin. Lo que es eterno o inextinguible no es el castigo sino el fuego, el cual, como en el caso de Sodoma y Gomorra, causa la destrucción completa y permanente de los impíos, una condición que dura para siempre.

La declaración de Cristo de que los impíos “irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo 25:46) es considerada generalmente como una prueba del sufrimiento eterno consciente de los malignos. Esta interpretación ignora la diferencia entre castigo eterno y castigando eternamente. La palabra griega aionios (“eterno”) significa literalmente “que dura por los siglos”, y a menudo se refiere a la permanencia del resultado antes que a la continuación de un proceso. Por ejemplo, Judas 7 dice que Sodoma y Gomorra “sufrieron el castigo del fuego eterno [aionios]”. Es evidente que el fuego que destruyó a las dos ciudades fue eterno, no por su duración sino por sus resultados permanentes.
Otro ejemplo se encuentra en 2 Tesalonicenses 1:9, donde Pablo, hablando de aquellos que rechazan el Evangelio, dice: “Estos serán castigados de eterna destrucción por la presencia del Señor y por la gloria de su poder”. Es evidente que la destrucción de los impíos no puede ser eterna en su duración, porque es difícil imaginar un proceso de destrucción eterno, inconcluso. La destrucción presupone aniquilación. La destrucción de los impíos es eterna, no porque el proceso de destrucción continúe para siempre, sino porque los resultados son permanentes.
El lenguaje de destrucción es ineludible en el libro de Apocalipsis. Representa allí el método de Dios para vencer la oposición del mal hacia él mismo y a su pueblo. Juan describe con vívidas imágenes el lanzamiento del diablo, la bestia, el falso profeta, la muerte, el sepulcro y los impíos al lago de fuego, que es “la segunda muerte” (Apocalipsis 21:8; ver 20:14; 2:11; 20:6).
Los judíos frecuentemente usaban la frase “la segunda muerte” para describir la muerte final, irreversible. Pueden encontrarse numerosos ejemplos de ello en el Targum, la traducción aramea e interpretación del Antiguo Testamento. Por ejemplo, el Targum sobre Isaías 65:6 se expresa así: “Su castigo será en la gehenna, donde el fuego arde todo el día. He aquí, escrito está delante de mí: ‘No les daré respiro durante [su] vida, pero les aplicaré el castigo de sus transgresiones y entregaré sus cuerpos a la segunda muerte’ “
.8Para los salvados, la resurrección marca la recompensa de una segunda vida, superior, pero para los perdidos indica la retribución de una segunda muerte, definitiva. Así como no hay más muerte para los redimidos (Apocalipsis 21:4), tampoco hay más vida para los perdidos (Apocalipsis 21:8). La “segunda muerte”, entonces, es la muerte final, irreversible. Interpretar la frase de otra manera, como tormento consciente eterno o separación de Dios, es negar el significado bíblico de la muerte como cesación de la vida.

La noción de que Dios tortura deliberadamente a los pecadores durante las edades sin fin de la eternidad es totalmente incompatible con la revelación bíblica de Dios como un Ser de amor infinito. Un Dios que les impone a sus criaturas una tortura inacabable, no importa cuán pecadores puedan haber sido, no puede ser el Padre amante que nos es revelado por Jesucristo.
¿Tiene Dios dos caras? ¿Es ilimitadamente misericordioso por un lado e insaciablemente cruel por el otro? ¿Puede amar tanto a los pecadores que envió a su Hijo para salvarlos, y sin embargo odiar tanto a los pecadores impenitentes como para someterlos a un interminable tormento cruel? ¿Podemos legítimamente alabar a Dios por su bondad, si atormenta a los pecadores por las edades de la eternidad? La intuición moral que Dios ha implantado en nuestra conciencia no puede aceptar la crueldad de una deidad que somete a los pecadores a un tormento sin fin. La justicia divina jamás podría demandar para pecados finitos la penalidad infinita del dolor eterno.
Además, el tormento eterno, consciente, es contrario a la visión bíblica de justicia porque tal castigo crearía una seria desproporción entre los pecados cometidos durante el lapso de una vida y el castigo resultante que duraría toda la eternidad. “¿No habría, entonces, una seria desproporción entre los pecados cometidos conscientemente en el tiempo y el tormento experimentado conscientemente durante toda la eternidad? No minimizo la gravedad del pecado como rebelión contra Dios nuestro Creador, pero cuestiono si el ‘tormento eterno, consciente’, es compatible con la revelación bíblica de la justicia divina”.

El cielo y el infierno, la felicidad y el dolor, el bien y el mal continuarían existiendo para siempre uno al lado del otro. Es imposible reconciliar este punto de vista con la visión profética del nuevo mundo, según la cual no habrá más “llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4). ¿Cómo podrían olvidarse el llanto y el dolor si la agonía y la angustia de los perdidos fuesen características permanentes del nuevo orden?
La presencia de incontables millones sufriendo para siempre un tormento penosísimo, aunque esto ocurriera muy lejos del campamento de los salvados, sólo podría servir para destruir la paz y la felicidad del nuevo mundo. La nueva creación sería defectuosa desde el mismo comienzo, puesto que los pecadores permanecerían como una realidad eterna en el universo de Dios.
El propósito del plan de salvación es finalmente erradicar de este mundo la presencia del pecado y de los pecadores. Sólo si los pecadores, Satanás y los demonios son por último consumidos en el lago de fuego y extinguidos mediante la segunda muerte, podremos verdaderamente decir que la misión redentora de Cristo se ha cumplido. El tormento eterno proyectaría una sombra oscura permanente sobre la nueva creación.
Nuestra época necesita desesperadamente aprender el temor de Dios, y esta es una razón para predicar el juicio y el castigo finales. Necesitamos advertir a la gente de que aquellos que rechazan los principios de vida de Cristo y su provisión de salvación, finalmente experimentarán un juicio terrible y “serán castigados de eterna destrucción” (2 Tesalonicenses 1:9). Necesitamos proclamar osadamente las grandes alternativas entre la vida eterna y la destrucción permanente. La restauración del punto de vista bíblico sobre el juicio final puede soltar la lengua de los predicadores, porque podrán predicar esta doctrina vital sin el temor de representar a Dios como un monstruo.

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